Estilo de vida verde nueva york Reflexiones

Las abuelas ya eran zero waste: el legado sostenible

Me tomó un tiempo entrar en esto de la sostenibilidad.  No me gustan las modas en general o, mejor dicho, me inspiran desconfianza. Siempre siento que incluso si tienen un buen fin (como aspirar a una vida más sostenible y un planeta más verde), debe haber algún interés oculto, en la mayoría de los casos alguien intentando hacer dinero del asunto. Ni siquiera tengo claro que esto sea necesariamente malo. Sin embargo, antes percibía los “negocios” que contribuyen a una vida sostenible como un engaño, algo parecido a la lucha violenta para conseguir la paz, por buscar un símil. Como si la causa fuera menos digna. Pudiera parecer que esto no tiene mucho sentido, pero así es como me sentía hace algunos años.

Quizás porque entiendo la sostenibilidad como parte de un sistema, durante mucho tiempo me resistí a hacer mi compra en Whole Foods. Esta cadena de supermercados (comprada por Amazon hace tres años) fue considerada durante mucho tiempo (y aún es considerada) en EEUU el paraíso de la comida sana y la compra responsable, ética y sostenible. Es caro, se encuentra principalmente en las zonas más privilegiadas de las ciudades y es accesible principalmente también a poblaciones con cierta solvencia. Esto me hacía sentir que algo no estaba bien. ¿Por qué no puede todo el mundo tener el mismo acceso a comida sana y a una compra responsable, ética y sostenible? De manera similar, el hecho de que para generar menos desechos fuera necesario comprar “cosas”, cosas caras, con un aspecto de capricho y, de nuevo, no accesibles a la mayoría de la población, también me hacía sentir que este negocio de la sostenibilidad era un engaño. Imagino que estaba viéndolo desde una perspectiva muy emocional. 

Ahora comprendo el valor de Whole Foods y tengo que confesar que tengo mi botella de agua reutilizable, mis envoltorios de cera de abeja, mi taza de café reutilizable, mis utensilios para comer de bambú, mi copa menstrual y muchas otras cosas que me han ayudado a reducir enormemente los desechos que he generado en los últimos años. Así que no me arrepiento de haberlos comprado, de ninguna manera. 

Lo que creo que me hacía sentir tan incómoda, probablemente, era esa etiqueta de “sostenible”, “ético”, “verde”. Ese juicio de lo que está mal, lo que está bien, quién hace las cosas bien y quién las hace mal. No estoy segura si este juicio era externo (de lxs otrxs hacia lxs otrxs y hacia mi) o interno (de mí, hacia mí), pero ahí estaba. 

Al leer las palabras y confesiones de arriba, me doy cuenta de que es un conjunto de descripciones de percepciones algo inconexas que por alguna razón sentía era necesario presentar como introducción a lo que sigue. 

La casa en la que crecí tenía hábitos bastante sostenibles, que nos llevaron a toda la familia a adoptar un estilo de vida bastante sostenible. Creo que la gente cuidadosa, quien cuida a los demás, quien se preocupa por lo que paaa a su alrededor, que aspira a un mundo mejor, en general, también es capaz de percibir, incluso si es de manera inconsciente, que el planeta está enfermo, y que necesitamos cuidarlo y hacer algo seriamente al respecto. 

He pasado un par de meses en casa de mi madre este verano y he prestado atención a todos esos hábitos que he visto en ella, desde que era pequeñita, y que de alguna manera he interiorizado y adquirido. Mi madre es una persona cariñosa, alguien que se preocupa por y cuida a quien y a lo que está a su alrededor. Quizás algunas de sus prácticas sostenibles buscaban ahorrar dinero, pero esto llevaba también a ahorrar energía, comida y recursos en general (muchos). Estos hábitos eran y son ejemplos de acciones cariñosas, cuidadosas. Así de simple. Nada sofisticado. No son el resultado de un exhaustivo conocimiento de estadísticas y del estado actual del planeta, o ningún tipo de alternativa moderna. Mi madre no usaría pañales de tela si ahora tuviera un bebé, ni tampoco la copa menstrual ni compresas de tela si tuviera la regla. Sin embargo, aún me maravilla con algunas de sus prácticas para reducir los desechos y desperdicios. 

Por eso, quería compartir algunas de las cosas que he observado de nuevo estos dos últimos meses, y durante mi infancia y vida en casa. Esto es sabiduría práctica. Para mí es sentido común.

1- ¿Quién dijo que no se puede reutilizar el plástico de un solo uso? 

No siempre es posible evitar las bolsas de plástico. Sin embrago, es posible reutilizarlas. ¿Has pensado alguna vez en usar las bolsas del pan de molde como bolsas de basura? A algunas personas, como mi madre, no le gustan las alternativas más sostenibles al film de plástico o el papel de aluminio. Pero les gusta reutilizarlo tantas veces como sea posible. Y es mejor enviar a los vertederos un metro de film de plástico que enviar dos metros. ¿Cierto? Esto es lo que consigues cuando reutilizas. Puedes llegar a reducir tu basura a la mitad. 

2- ¿Qué te impide reciclar cuando los contenedores de reciclaje están a las puertas de tu casa? 
En cuanto en mi pueblo se instalaron contenedores de reciclaje en casi cada esquina y cada calle, empezamos a reciclar en casa. No había ninguna razón para no hacerlo. De manera similar, cuando me mudé a Nueva York y me enteré de que en el mercado de agricultores locales, que estaba a unas pocas cuadras de mi casa, recogían compost cada sábado, empecé a llevar los restos de mi fruta, verduras y hojas de té cada sábado. No veía razón para no hacerlo. 

3- ¿Podemos esperar a tener el lavaplatos lleno para ponerlo? ¿Podemos esperar a tener la lavadora llena para ponerla? 

Aún recibo consejos de mi madre sobre cómo colocar los platos, los vasos y las cazuelas en el lavavajillas con el fin de aprovechar lo mejor posible el espacio y ahorrar energía reduciendo el número de veces que necesitamos ponerlo a la semana. También crecí con el consejo de meter la ropa en la lavadora sólo cuando está sucia y necesita lavarse, no tras cada uso, y de esperar hasta que la lavadora esté llena para ponerla. Tiene todo el sentido, ¿no?

4- ¿Por qué tiraría a la basura este plátano madurito? 
¿Lo puedo usar para hacer un bizcocho, o un batido? ¿O quizás un polo? Mi madre usó el plátano de abajo para hacer un bizcocho. 

5- ¿Por qué voy a comprar ropa nueva si puedo intercambiarla con mis hermanas y mi madre cuando les veo?

Tengo ropa que aún está como nueva pero simplemente me he cansado de ponérmela porque la he usado durante mucho tiempo. ¿A lo mejor alguien en mi familia la quiere? ¿O una amiga? ¿Quizás la pueda cambiar por ese abrigo que me encanta, que está como nuevo y que debes de haberte cansado de usar? Este verano, mi madre se quedó con un vestido mío viejo, para usar en casa. Yo me llevé dos pantalones y una camisa de mi hermana mayor, que mi madre había recibido de ella antes. Mi hermana menor se llevó un montón de camisas y jerséis de mi madre. ¡La sesión de intercambio de ropas fue divertida además!

6- ¿Podemos regular la temperatura de casa con las cortinas, las persianas y las contraventanas? 

Siempre hay algo que puedo aprender sobre esto. En verano, durante las horas más cálidas del día, mi madre cierra las cortinas o baja las persianas para prevenir que el sol y el calor entren en casa. Cuando refresca más tarde por la tarde-noche, abrimos las ventanas para que la brisa entre en casa. En invierno, mantiene todo lo más cerrado posible para prevenir que entre el frío. Sé que esto no es posible en todos los sitios (en algunos lugares no hay noches frescas durante el verano) pero esto ayuda mucho cuando es posible. Y así podemos reducir el consumo de energía de nuestra calefacción y aire acondicionado. 

7- ¿Por qué cogería el coche para ir a la ciudad si tengo la parada de metro a cinco minutos de casa, y los metros pasan cada dos minutos?  

Yo crecí en Algorta, una ciudad a aproximadamente 14 kilómetros/8,5 millas de Bilbao, en el Pais Vasco, en el norte de España. Mi madre siempre nos ha animado a usar el tren, el autobús y más tarde el metro para ir a Bilbao o a cualquier otro lugar al que se puediera llegar en transporte público, en lugar de ir en coche. Ir en coche a menudo suponía pasar tiempo paradxs en un atasco, y tiempo malgastado en buscar aparcamiento, así que a no ser que fuera necesario usar el coche para llegar a algún lugar al que no se podía llegar en transporte público, o a una hora en la que éste ya no funcionaba, o si hacía falta llevar algo muy pesado, siempre cogíamos el tren, el autobús o el metro. También tengo buenos recuerdos de los largos paseos para hacer recados, o por el simple placer de disfrutar del mar y de los acantilados. También hoy, en Nueva York, donde no tengo coche y donde los taxis no son demasiado caros y son una forma bastante común de transporte, y donde Uber y otras compañías similares funcionan bien, siempre priorizo el metro, el autobús o la bici, cuando moverme a pie no es posible. 

8- ¿Por qué tiraría esto? ¡Mira cuánto queda todavía! 

¿Has utilizado alguna vez tus tijeras para cortar el tubo de la crema hidratante, la pasta de dientes o la crema de manos? He visto hacer esto a mi madre toda la vida y este es el método perfecto para aprovechar al máximo lo que hay dentro y no desperdiciar nada. 

Aprendamos de la sabiduría práctica de nuestras madres, abuelas, padres, abuelos. Rescatemos ese legado, agradezcámoslo y comprometámonos a pasarlo a las siguientes generaciones. 

No quería terminar sin compartir una foto de mi madre Paula y su marido Jaime, que me han acogido estos dos últimos meses y con quienes he disfrutado de preciosos paseos por el campo. 

 

JUNCAL// Nueva York

 

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